La hormona empieza a dar lata por ahí de los 12 añitos, y para los 15, los pensamientos sexuales se presentan obsesivamente cada cinco minutos y, si para los 18 no se ha consumado el acto, además de ser la burla de todos los amigos (que seguro también siguen siendo vírgenes), el ser humano es capaz de recurrir a toda clase de barbaridades con tal de llenar sus necesidades sexuales. Es por ello que la comedia adolescente sobre la hormona desatada es un género exitoso, pues es una forma de sublimar los impulsos reprimidos, de burlarse de las peripecias calenturientas de otros (¿hay algo peor a que tu papá te encuentre fornicando con un pay, por ejemplo?) y así sentirse menos mal de las propias, y por supuesto, está el elemento voyeurista que es inmensamente satisfactorio, ver a otros ganones que sí logran lo imposible: tirarse a la guapa del colegio. Con ello se pretende intercambiar la ansiedad que genera convertirse en un ser sexual por la risa fácil y catártica.
En esta línea podemos hablar de Paradas continuas, una cinta cuyo título alude, en efecto, a lo que están pensando con todo y albur, y que a manera de comedia transita por las frustraciones de los jóvenes ante la imposibilidad de copular, presos del aplastante bombardeo de sus hormonas, teniendo que sobrevivir el día a día. En ella, pareciera que de pronto toda esa sangre que deberíade irrigar el cerebro y que se escapa a otro órgano del cuerpo, evita cualquier pensamiento lógico y racional en sus protagonistas.
El punto medular de las comedias de adolescentes gira en torno a la prohibición familiar o social para sostener relaciones sexuales. De ahí que el púber buscará todos los medios posibles para escapar de esta
imposición. En suma, hay un sólo objetivo: meter el fusil en la trinchera.
Gustavo Loza, ya muy alejado del mundo inocente e infantil que explorara en Bizbirije o Atlético San Pancho, adapta un guión de Juan Meyer y logra de manera afortunada incursionar en el género ya mencionado, tocando sus temas escenciales de manera humorística: la pérdida de control de los impulsos, la ansiedad, la incomprensión, el deseo reprimido, la torpeza y la vulgarización de toda actividad sexual.
En el filme, Ramón Valdés (nieto de Tin Tan) es Perico, el protagonista, un chavo de clase media que aún es virgen y que intenta, sin suerte, convencer a su novia de acostarse con él. El caso de su mejor amigo Emilio es distinto, pues ha tenido más éxito en los juegos del amor, consiguiéndose parejas que sí aflojan. La trama de la película sucede casi como un accidente: Perico tiene una vieja combi que le presta su padre. Como Lisa, su novia, no quiere ir a un motel, entonces Perico adapta el vehículo como un nido de amor en el que puedan tener ¡por fin! EL encuentro, pero quien la termina usando es Emilio. De ahí surge una brillante idea: partiendo de la ley de la oferta y la demanda, su lógica les dicta que si ellos tienen la necesidad de un servicio así, entonces el resto del colegio también. Así, ¿qué mejor que rentar la combi por hora y ganarse una lana? Pronto los chicos se convierten en empresarios. Pero a pesar del éxito y el dinero Perico sigue tan virgen como antes.
No puede pensarse en una película de este tipo sin sus respectivos gags, y uno de los más afortunados es el de los amigos asistiendo a un burdel de altos vuelos. También es acertada una viñeta de parejas teniendo relaciones al son del estruendoso vozarrón de Javier Gurruchaga, que no hace más que corroborar que el sexo puede ser placentero pero también complicado, incómodo, bochornoso y todo menos ascéptico.
La película funciona porque no se queda sólo en lo escatológico, ya que tanto Perico como Lisa se muestran como seres de carne y hueso que deben navegar las turbulentas aguas de la adolescencia y que, uno asume, llegarán a ser buenos adultos. También porque la audacia, torpeza e ignorancia despiertan cierta ternura evocando las estupideces que todos, como jóvenes, alguna vez cometimos, pero que nos hicieron crecer.
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