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Al ver J. Edgar se entiende porqué a esta película no le van a dar ningún premio importante. Clint Eastwood, su director, es demasiado astuto como dejarse deslumbrar por el brillo de un galardón, prefiere entregar una película de exquisita manufactura e incómoda para gran parte de la audiencia.
John Edgar Hoover no sólo fue el primer hombre que tuvo al mando la oficina federal de investigación, FBI, principal rama del departamento de justicia de Estados Unidos, sino que la convirtió en la agencia policial más importante del mundo, que actualmente tiene un presupuesto anual de 7, 900 millones de dólares.
Clint Eastwood pertenece a la vieja escuela de creadores y, sabiamente, no se conformó con hacer un retrato convencional que encumbre o deteriore a todas luces la figura de Hoover; su aprendizaje en el cine clásico de Hollywood, sutil, hace que J. Edgar tenga distintas capas de interpretación.
Una película se puede interpretar por cualquiera de sus partes, porque la forma es el fondo, se puede tomar una pequeña muestra, como en un laboratorio: los títulos de crédito, una secuencia, el vestuario, las actuaciones, el título de la película, etc.
Eastwood llama a su película J. Edgar, quita el apellido principal de su personaje, estamos ante una obra que muestra algo desconocido de un hombre relevante de la historia de su país.
J. Edgar es una película que confunde, que juega con el lenguaje cinematográfico.
Veamos una escena: "Edgar", interpretado por Leonardo DiCaprio, dice a su madre, Judi Dench, que odia bailar, sobretodo odia bailar con mujeres. La ambientación es oscura, no se aprecian bien los rostros, el ambiente está cargado de una quietud aterradora, los muebles, las cortinas de la habitación, la cama son pesados. La señora "Hooover" le recuerda a su hijo la historia de un vecino homosexual y el mal fin que tuvo el individuo. Enseguida le dice que le enseñará a bailar. Eastwood nos ofrece un plano picado, panorámico, y enseguida una música apacible, puras notas de piano, que compuso el propio director, mientras el hijo, tenso, se entrega a los brazos de la madre para bailar.
Eastwood contrapone situaciones asfixiantes con elementos típicamente suaves, que matizan la situación, confunden al espectador. J. Edgar es una película cínica en el fondo, delicada en la forma, una amalgama fascinante.
No se contenta con caricaturizar o humanizar, un hecho ya demasiado obvio, a Hoover, lo muestra como un hombre contradictorio: reprimido en lo personal y férreo en lo profesional, protector y creyente, débil y mentiroso; no alaba los estatus y muestra cómo la política de Estados Unidos no tiene un justo medio: de hombres con clase, que esconden sus deseos personales, pasaron a hombres vulgares que exhiben sus apetitos.
DiCaprio ofrece una actuación fantástica que no será suficiente, otra vez, para el Oscar. Clint Eastwood sabe que su película no es amable, incomoda a toda una clase social, política y económica siempre atemorizada con el patio trasero lleno de homosexuales, inmigrantes, aliens de otro mundo.
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