La nueva película de Steven Spielberg, Lincoln, se apoya en la grandiosa interpretación de Daniel Day Lewis como el presidente de Estados Unidos que abolió la esclavitud. Una buena película no se logra con una acertada elección de reparto, sino con ideas consistentes, algo que definitivamente no tiene la 12 veces nominada al premio Oscar.
Spielberg está acostumbrado a realizar propaganda patriota (Munich) y, sobre todo, a favor de la religión judía (La lista de Schlinder), aunque hay que decirlo: lo hacía como nadie, con el aparato gigantesco de recreación que le proveen sus millonarios presupuestos. Esta vez no, el tono de Lincoln está tan deslucido y dispar que su primera hora de histórica sobriedad (datos, conversaciones, recreaciones) traiciona y no compagina con su clímax, que raya en lo cómico (el suspenso en la corte y su discurso maniqueo de buenos y malos), y el final dramático y salvador (la muerte y el discurso).
La historia se basa en los cuatro últimos meses de vida del presidente, la recreación de cómo se aprobó la tercera enmienda que quitó el yugo sobre los esclavos, a través de una serie de "actos corruptos con ayuda del hombre con el corazón más bueno", como dice el personaje de Tommy Lee Jones.
Los intentos por dotar a Lincoln de un aura oscura son vanos: Sally Field como su esposa es un personaje sin relieve y exagerado, él la desconsidera por su desequilibrio, sugerido como mental; su conflicto con el hijo mayor (un hueco tremendo en el guión) con un desaprovechado Joseph Gordon Lewitt no tiene ninguna repercusión de peso en la historia.
El colmo del asunto es cuando Lincoln viaja en carreta con su esposa, luego del triunfo de la tercera enmienda, Spielberg hace una alusión judía sobre "caminar como Salomón por Jerusalén", un comercial innecesario en una película de uno de los hombres más poderosos de Hollywood.
El vestuario, el diseño de producción y otros elementos del lenguaje cinematográfico quedan a la deriva en un film de un director acostumbrado al panfleto y la exageración.
Las 12 nominaciones al premio Oscar para una película muy desafortunada, donde Daniel Day Lewis presta su genialidad a un producto y no una obra, sólo ponen de manifiesto el compromiso del gremio que conforma la Academia con ideologías dominantes.
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