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Testimonio: Soy luchadora
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Mantiene un gimnasio, una taquería y cinco hijos. Es Rosy Moreno, una mujer de armas tomar. Vive en el municipio mexicano de Nezahualcóyotl, que significa en náhuatl "Coyote en ayuno" o "Coyote hambriento" y el lugar le hace honor a su realidad: es una de las zonas más violentas del Estado de México.
Infancia ruda
En este contexto no es de extrañar que Rosy Moreno se muestre ruda, como el papel que representa cuando lucha. Tiene una sonrisa que le cuesta mostrar, pero cuando la enseña, hasta los luchadores técnicos romperían las reglas para seguir admirándola. Y es que nació entre cuerdas, literalmente hablando. Es decir que lo primero que vio al venir al mundo fue la Arena Azteca Budokan (que hoy regenta junto a su familia).
Le vino bien para sobrevivir aprender desde pequeña a hacer llaves y acrobacias por el aire. La curtió por dentro y por fuera. Rosy Moreno sigue la modalidad conocida como Ruda. La lucha libre mexicana es un hito en este país. Aquí se incluyen reglas, deporte, teatro y folklore propio de México.
Los luchadores pueden poner en juego su máscara al enfrentar un combate máscara contra máscara o bien con uno no enmascarado (máscara contra cabellera). Al perderla, ya no la pueden volver a usar nunca más. El 25 de abril de 2008 Rosy Moreno perdió la suya contra otra mítica luchadora: Estrellita.
Lucha libre familiar
Rosy Moreno, maquillada y sencilla, no busca más fama. La que tiene es superlativa. Quiere dinero. Así lo explica: "Soy muy famosa, me han hecho mil reportajes, no busco la fama, ya no?", dice mientras enumera lo que quiere hacer en cuanto gane algo: inscribir a sus nietos en clases de inglés.
Cuenta que comenzó su carrera en Japón, rodeada de una cultura opuesta a la suya. Entonces la acompañaba su hermana menor, Cinthia. Se situaron en la cima y después las imitó su hermano, El Oriental. El éxito de los Moreno se disparó vertiginosamente. Rosy fue hacia arriba en la Asociación Mexicana de la Lucha Libre bajo el padrinazgo de su padre. Es la mayor de la saga. Los otros miembros son: Esther, Cynthia, El Oriental y la más pequeña, Alda.
Su padre, "El Acorazado Moreno", los preparó, los entrenó, los formó. Indica que solo tenía 12 años cuando empezó a tomarse el camino del cuadrilátero muy en serio.
Madre y empresaria
Hoy en día Rosy no para ni un segundo. Es la representante de luchadores que viajan a Estados Unidos, a quienes les tramita las visas. Lleva el puesto de tacos al lado del Budokan, ejerce de madre de cinco hijos, los dos mayores, fruto de su matrimonio con el Doctor Wagner, otra eminencia de la lucha libre, y tres más nacidos de su relación con su actual pareja.
Ocupa parte de su tiempo en estar con sus nietos. Le encantan los niños. Con una manicura perfecta y el pelo sujetado por una goma, Rosy enfatiza lo que ha supuesto nacer, crecer y desarrollarse en un mundo casi en su totalidad masculino. Su mayor logro es compaginar los golpes sobre el ring y los madrugones en su casa para criar a sus hijos pequeños.
"Nací dentro de un mundo de hombres, de lucha libre, donde me he desenvuelto toda mi vida desde que tengo uso de razón. Es parte de la esencia de mi familia, de una dinastía de luchadores realmente fuerte, con un prestigio dentro de este mundo, un mundo de hombres", comenta. Es cierto, el Consejo Mundial de Lucha Libre aglutina a unas 30 luchadoras mexicanas.
Rosy VS el machismo
A la pregunta de "¿con quién ha tenido que luchar más fuera del ring?" responde que contra los hombres luchadores: "Son muy machistas, no están acostumbrados a que una mujer llegue y las mande. La fortuna que tengo es que soy promotora y luchadora? y tengo esa enorme suerte de haber nacido en el mundo de la lucha", comenta Rosy. En su opinión es más poderoso pelear con la palabra, porque con la fuerza física no puedes competir con un hombre. "Un hombre de un puñetazo te tumba. A lo mejor te levantas, pero eso sí, nosotras somos más inteligentes", comenta.
Rosy recuerda que cuando era pequeña quería ser boxeadora. Tenía 14 años. No existía ni una sola luchadora. "En mi infancia jugaba con mis hermanas, a pegarnos, entrenaba cinco o seis horas diarias y manejaba el ring. Mi niñez fue trabajar y trabajar, no teníamos tiempo para jugar con muñecas, crecimos luchando", añade la mayor de la saga. Se siente realizada y a las mujeres les recomienda dejar de sentirse víctimas. "Tienen que ser inteligentes y tienen que sacar ese carácter tan fuerte que poseen".
Una vejez digna
Hoy, esta mujer que ya no busca fama porque le sobra por todos lados, solo aspira a tener una vejez digna. "Me quiero retirar con la frente bien alta. Siempre me he sentido muy nerviosa antes de subir al escenario, incluso me he querido rajar, pero siempre lo he logrado. Ya en el ring olvido todo y hago mi trabajo y disfruto muchísimo", confiesa la gladiadora.
A todos los jóvenes les aconseja que cuando quieran subirse a escena, se sientan preparados y formados. "Es muy peligroso, puede ser hasta mortal y te puede anclar en una silla de ruedas por el resto de tu vida", advierte.
Es una diosa, un "coyote hambriento", aunque ella nos recuerde que su padre no tuvo hijas, "tuvo cabrones". Será precisamente por ello que ahora es una leyenda.
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